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Puede
decirse que la convivencia es la base o
fundamento de toda sociedad.
Ella
supone la voluntad expresa y decidida de
unos individuos de vivir con otros, no
contra ellos ni a pesar de ellos.
La
convivencia es el principio de la sociedad
porque sin esta voluntad ninguna forma de
organización social es posible:
aceptar a los otros en medio de
loscuales vivimos, es la base de civilidad.
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Por
ello llamamos civilizados a aquellos
grupos o poblaciones convivientes
cuyo trato mutuo se basa en la práctica
de valores fundamentales como el
reconocimiento, la tolerancia y la
imparcialidad. |
Estos
grupos, que exhiben una larga tradición en
esta cultura de la convivencia han podido
conformar sociedades ordenadas, en las que
la práctica de la convivencia es un
supuesto tácito, introyectado y asimilado a
través de una pedagogía social de vieja
data, del cual ya ni se habla.
No
es este nuestro caso.
Por razones diversas y complejas,
carecemos aún de este sustrato básico que
nos permita acometer con certidumbre nuestra
responsabilidad de constituirnos en una
sociedad ordenada y civilizada.
Se
ha señalado justificadamente, en efecto,
que una de nuestras principales carencias en
el orden social, es la falta de convivencia.
Y en los últimos años buena parte
de los esfuerzos educativos se han volcado
en esta dirección:
formar a los niños, a los jóvenes y
a los adultos para la convivencia.
Estamos aún lejos de alcanzar los
niveles mínimos que nos permitan constituir
una sociedad ordenada; es preciso, por tanto,
aumentar los esfuerzos en esta dirección
educativa que se abre hacia la formación
política y hacia la formación moral.
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Ello
significa que mientras no hayamos
alcanzado este sustrato básico de
convivencia, será imposible
organizarnos verdaderamente como
sociedad política y como comunidad
moral.
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En
este sentido, la convivencia puede
entenderse como aquel estado en el cual una
pluralidad de individuos diversos y
diferentes se tratan entre sí en términos
de reconocimiento, tolerancia e
imparcialidad, pudiendo así vivir unos con
otros de manera pacífica y segura.
Los valores que rigen esta
convivencia - conviene repetirlo - son: el
reconocimiento que alude a la diversidad, la
tolerancia que alude a la diferencia y la
imparcialidad que alude a la igualdad,
porque es en torno a la comprensión,
aceptación y práctica de estos valores que
debe girar un proceso educativo orientado a
formar para la convivencia.
Por
importante que sea este sustrato básico - y
entre nosotros es urgente y necesario - no
es, sin embargo, lo único y absoluto. La convivencia es, solamente, la base y fundamento para la
vida social.
Es preciso, para alcanzar los niveles
superiores de la organización social, tales
la vida política y la vida moral que
requieren formas complejas de interacción
en términos de normas, valores y fines,
superar el mero reconocimiento por el
respeto, la simple tolerancia por la
comprensión y la debida imparcialidad por
el genuino interés por el otro.
En
otras palabras, es necesario que de la
convivencia pasemos a la cooperación, la
participación y la solidaridad, formas
superiores del relacionamiento humano, únicas
que posibilitan la construcción colectiva
de proyectos sociales como la familia, las
instituciones educativas y políticas, la
empresa, la nación, etc.
Todas ellas debilitadas y, en buena
medida, inoperantes entre nosotros.
Principio
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