La comunicación

 

 

 

 

 

La comunicación se ha convertido en uno de los temas centrales de la cultura contemporánea:  ella expresa la más alta posibilidad de realización de la sociabilidad humana en una época en la que tanto el individualismo y el aislamiento, como la masificación y la indiferencia hacen del carácter social de los humanos un asunto problemático que requiere reflexión y que nos conduce, necesariamente, a plantearnos el tema de la comunicación.

Esta puede considerarse  desde dos dimensiones:  la de la palabra y la de la interacción, pues de ambas formas nos comunicamos:  mediante el lenguaje o a través de prácticas. 

 

  En el primer caso, usamos signos que pueden ser verbales o escritos, visuales o auditivos (colores, formas, sonidos), gestuales y corporales.  

 

En el segundo, interactuamos con otros en actividades en las que con mayor o menor profundidad y duración compartimos normas, valores y fines que nos permiten alcanzar objetivos comunes.  

 

 

No se trata de dos dimensiones ajenas o excluyentes una de otra:  todo verdadero proceso comunicacional pasa de la palabra a la acción, del diálogo a la práctica.

 

Estos asuntos han sido trabajados por la filosofía contemporánea con detenimiento y amplitud (cfr. Habermas, Arendt, Apel, Heller); de estos planteamientos se extraen las siguientes ideas.  

  Para unos -y en la primera dimensión señalada-, la función propia del lenguaje es la comunicación, entendida como la búsqueda de comprensión con miras a lograr entendimiento entre quienes se comunican.  

Para realizar plenamente esta función comunicativa se requieren condiciones que es preciso respetar y practicar:  la verdad, esto es, la concordancia de lo que se dice  con la realidad, condición de objetividad; la veracidad, que es la concordancia entre lo que se dice y lo que se piensa, condición subjetiva; el respeto, que es reconocimiento de la igualdad del otro como interlocutor válido, condición de intersubjetividad; la corrección o sea el manejo adecuado de la gramática de la lengua, condición de inteligibilidad.

 

Para otros -y en la segunda dimensión señalada-, es propio de la comunicación el permitir entrar en contacto con el otro y afectarlo a diferentes niveles, según duración y profundidad del contacto.  El primer nivel, el de la convivencia, es el trato; el segundo, el de la interacción, es el de las relaciones; el tercero, el de la afectividad, es el de los vínculos.  Así, gracias a la comunicación accedemos al plano social mediante el trato conviviente; al plano político y moral mediante relaciones participativas y solidarias; al plano de la amistad y el amor mediante vínculos que no son otra cosa que relaciones profundas y duraderas que afectan la totalidad de la vida de quienes participan en ellas.

 

De lo dicho, se desprende la importancia de la comunicación en la cultura política de una sociedad, ya que como es sabido, la vida política es tanto discurso -uso de la palabra argumentada que permite el asentimiento y el disenso razonables y civilizados-, como acción -que conduce mediante el relacionamiento político, moral y afectivo a la construcción de proyectos de interés común-.  
 

 

 La formación ciudadana, que apunta a la cualificación y el fortalecimiento de la vida política, requiere así del desarrollo de las habilidades comunicativas en sus integrantes, habilidades que descansan sobre dos apoyos fundamentales:  el conocimiento y el manejo adecuado del lenguaje y la capacidad para interactuar con los otros.  Es esta la tarea básica de la educación política, el fundamento de toda posterior formación. 

Principio

 

 

 

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Beatriz Restrepo G.

Escuela de Humanidades, U.P.B.

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